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Cigarette daydreams

Hace pocos días, mientras hablaba con unos viejos amigos, nos pusimos a recordar     como siempre pasa en esas conversaciones largas y llenas de pausas todo lo que nos había ocurrido recientemente. Compartíamos anécdotas, desahogos, logros y frustraciones. Yo, sin darme mucha cuenta, respondía casi todo con humor. Me reía de cosas que antes me habrían molestado, comentaba desde la ligereza situaciones que en otro momento me habrían dejado pensando por días. Entonces uno de ellos me miró, sonrió y dijo: “La vieja tú ya estaría muy enojada”.  Me reí y asentí, porque tenía razón. La vieja yo se habría tomado todo demasiado en serio. Habría reaccionado, se habría encerrado en su mente, como si todo fuera muy personal, como si el mundo estuviera constantemente a punto de caerse. Y ahí me di cuenta. Algo cambió. Algo en mí, o quizás todo. Ahora que el dolor se esfumó, que el caos se tornó en calma, está saliendo una versión de mí que pensé que ya no existía. Una que se había es...

Sin prisa, sin pausa

 Hace unos días estuve husmeando algunas cosas de mi pasado, los ojos se me llenaron de lágrimas, tenía una sensación muy fuerte de meterme a la pantalla y abrazarme, y reconfortarme, por tantas cosas que aguanté en silencio y en soledad. El no permitirme ser vulnerable me lastimó tantas veces que ver ahora a esa Aly llorando, destrozada, me duele tanto. Recuerdo que en ese tiempo no entendía lo importante que es darnos el permiso de ser vulnerables. Pensaba que mostrar mis emociones era una debilidad. Ahora sé lo equivocada que estaba y les dejaré un consejo que leí en alguna red social que ahora no recuerdo, pero que pesó en mí: “No sana quien finge ser fuerte, sino quien se permite ser vulnerable.” Todo esto me hace pensar en la pregunta que me hizo un amigo hace unas semanas: ¿qué consejos te han dado que te han ayudado? A lo que yo contesté: ninguno. Y no porque nunca hubieran querido, sino porque realmente nunca me permití contar o expresar cómo me sentía o lo que me dolía. P...

Kintsugi

 En algún punto de mi vida, me descubrí descubriéndome, y fue algo catártico. Hubo un tiempo realmente largo en el que solo me interesaba una cosa: el amor romántico. No quería ni me interesaba otra cosa que no fuera esa, y eso me llevó a cometer demasiados errores, a que muchas personas se aprovecharan de mí, de esa necesidad que yo sentía por sentirme amada. Y de pronto, de alguna manera u otra, la última ola que me hundió me sacudió totalmente. Muchas veces había escuchado la frase: “Tú decides si el dolor te destruye o te construye”, y yo estaba destruida, hecha trizas. Me había disfrazado de alguien que en esencia no era yo y, así como fui lastimada, también lastimé a mucha gente. Ahora, en retrospectiva, me apena mucho esa chica en la que me convirtió el dolor. Pero luego llegó alguien que, de cierta forma, me enseñó lo que el amor es y lo que no es. Más que enseñarme, me incentivó, me empujó, me arrojó a mis propios brazos. Yo sentía que él nunca quiso mi amor, pero yo querí...

Chasing

 En una de las sesiones más crudas que tuve en terapia, Abi me miró fijamente y me preguntó: —¿Es así como quieres vivir? ¿Llena de ansiedad, de miedo, de angustia, sin poder conciliar el sueño? No esperaba esa pregunta. Jamás me había detenido a pensar en esa parte de mi vida. Lloré casi toda la sesión. Al salir, caminé sin rumbo durante una hora, con Danilo Stankovic de fondo, mientras una nueva pregunta me rondaba: ¿Realmente qué quiero? ¿Qué clase de vida deseo llevar? Han pasado ocho meses desde aquel día, y en todo ese tiempo me dediqué a reorganizar mi vida. Ha habido cambios de última hora, desorden, mucho polvo y me deshice de cosas que ya no me servían en absoluto. Hace dos días, mientras desayunaba sola y tranquila como cada mañana, me hice otra pregunta: ¿Este silencio es soledad o tranquilidad? Y ahí lo supe. Era la tranquilidad que tanto había rogado a Dios y al universo. Me di cuenta de que me habían escuchado, de que este respiro era la respuesta. Entonces recordé l...

Hasta siempre Héctor

 La tarde de ayer me despedí de un hombre que marcó mi niñez y gran parte de mi adolescencia. Ayer falleció el papito Héctor, un hombre a quien conocí cuando mi mamá se casó con su hijo. Yo tenía solo siete años. La noticia, de alguna forma, me impactó, aunque lo despedí tal cual lo conocí: tranquila y con una sonrisa en la cara. Sin embargo, con el paso de las horas, ya en la soledad de mi habitación y escuchando a Los Panchos, las palabras de su esposa no dejan de resonar en mi mente: “He perdido a mi compañero de vida”, repetía una y otra vez, para luego añadir entre sollozos: “Se fue para siempre… no espero la hora de reunirme con él”. Mi corazón, traicionero, me hizo arrojar una que otra lágrima que creí no debía derramar, pero allí estaban. Reflexioné entonces: mi papá perdió a su padre, pero esa mujer, que lloró desconsolada ayer y hoy toda la tarde, perdió algo más profundo. Perdió a su mejor amigo, al hombre que mejor la conocía, a su compañero de vida. Ese pensamiento me ...

¿El bueno o el malo?

Últimamente, he estado sumida en una reflexión que me consume: ¿quién tiene realmente la vida más difícil, el "bueno" o el "malo"? Y, en un plano más complejo, ¿por qué los que se consideran "malos" creen ser los "buenos", y viceversa? Desde niña, mi abuela me enseñó los valores y principios que definían lo que estaba bien y lo que estaba mal. Fue ella quien sembró en mí una brújula moral que aún guía mis decisiones. Hoy, esos valores son claros en mi mente y sólidos en mi corazón. Sin embargo, es inevitable enfrentar la pregunta de si una persona que conscientemente daña a su familia, a quienes son sus pilares, puede realmente considerarse "bueno". Porque si no eres capaz de honrar y respetar a aquellos que te han dado de comer, que te han acogido y apoyado, ¿cómo puedes esperar respetar a alguien más? De todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida, al que más temo es aquel que, sin remordimiento, atraviesa los límites de ...

Changing

 Conforme pasaban los días, mi mente comenzaba a ir más rápido. ¿Es esto una consecuencia? ¿Una ventaja? Tal vez podría volverme más inteligente y utilizarlo a mi favor, pero de repente llegó ese momento en que se salió de control y no pude detenerla. No logré apagarla, no logré controlarla. Incluso en mis noches más pesadas, mi cabeza se llenaba de ideas y escenarios para resolver todos mis problemas. ¿Es esto desorden mental? ¿O es madurez? ¿Es esa toma de decisiones maduras a la que todos llegamos en cierto punto? ¿Cómo saber si estoy en lo correcto? ¿Cómo saber si esta vez no caeré y me equivocaré? ¿Cómo saber si he trabajado lo suficiente en mí misma para estar segura de que, si caigo, volveré a levantarme? No había manera de estar segura. Ahora agradecería tener una bruja, una bola de cristal, o al menos detener el tiempo… prolongarlo para poder pensar bien qué camino tomar. Sin embargo, lo que más me atormenta es saber que, aun si tuviera un año para reflexionar sobre una de...