Ir al contenido principal

Sin prisa, sin pausa

 Hace unos días estuve husmeando algunas cosas de mi pasado, los ojos se me llenaron de lágrimas, tenía una sensación muy fuerte de meterme a la pantalla y abrazarme, y reconfortarme, por tantas cosas que aguanté en silencio y en soledad. El no permitirme ser vulnerable me lastimó tantas veces que ver ahora a esa Aly llorando, destrozada, me duele tanto.

Recuerdo que en ese tiempo no entendía lo importante que es darnos el permiso de ser vulnerables. Pensaba que mostrar mis emociones era una debilidad. Ahora sé lo equivocada que estaba y les dejaré un consejo que leí en alguna red social que ahora no recuerdo, pero que pesó en mí: “No sana quien finge ser fuerte, sino quien se permite ser vulnerable.”

Todo esto me hace pensar en la pregunta que me hizo un amigo hace unas semanas: ¿qué consejos te han dado que te han ayudado? A lo que yo contesté: ninguno. Y no porque nunca hubieran querido, sino porque realmente nunca me permití contar o expresar cómo me sentía o lo que me dolía. Pero esto me hizo cuestionarme qué me hubiera gustado que me aconsejaran y, si tal vez pudiera volver en el tiempo y hablar con esa yo, le diría: “Sé que duele, sé que pesa, sé que cuesta, pero estás haciendo lo que puedes con lo que hasta ahora sabes. Vendrán tiempos mejores.”

Honrar el dolor propio y reconocer lo valioso que fue uno en algún momento, aunque sea en silencio, hace que dejes de satanizar tu pasado. Porque, como lo dije, uno actúa con lo que tiene y con lo que sabe en el momento.

Les dejaré un consejo por si a alguien le sirve: si tú transformas ese dolor en fuerza y mañana eres mejor que hoy, ya estás ganando en esta vida.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Samsara

Mientras pasaban los días, me preguntaba qué sentía realmente. En medio del caos, de la pena, de la confusión, comencé a necesitar entender el origen del golpe que me dio esta situación. Una tarde, en terapia, Abi me dijo: —Una no puede entenderse si antes no ve de dónde viene ese dolor, esa frustración. ¿Es mi culpa? Tal vez. Cuando tenía seis años, recuerdo a mi papá rompiéndole la boca a mi hermano, o pegándole con una soga. Yo, inmóvil, paralizada por el miedo, por el dolor ajeno, por los gritos de él y los míos, sin poder hacer nada. Hablar de mi hermano es otro tipo de dolor. Así como alguna vez hablé de los tipos de amor, ahora quiero hablar de los tipos de dolor que he sentido a lo largo de mi vida. A los 16, vi a mi hermano mayor, mi superhéroe, mi mejor amigo empezar a perderse en un mundo tan oscuro que ni el sol de verano podía iluminarlo. No había claridad para él. Su dolor se convirtió en el mío. El dolor de mi mamá al verlo así también se volvió parte de mi cruz. A los 2...

Cigarette daydreams

Hace pocos días, mientras hablaba con unos viejos amigos, nos pusimos a recordar     como siempre pasa en esas conversaciones largas y llenas de pausas todo lo que nos había ocurrido recientemente. Compartíamos anécdotas, desahogos, logros y frustraciones. Yo, sin darme mucha cuenta, respondía casi todo con humor. Me reía de cosas que antes me habrían molestado, comentaba desde la ligereza situaciones que en otro momento me habrían dejado pensando por días. Entonces uno de ellos me miró, sonrió y dijo: “La vieja tú ya estaría muy enojada”.  Me reí y asentí, porque tenía razón. La vieja yo se habría tomado todo demasiado en serio. Habría reaccionado, se habría encerrado en su mente, como si todo fuera muy personal, como si el mundo estuviera constantemente a punto de caerse. Y ahí me di cuenta. Algo cambió. Algo en mí, o quizás todo. Ahora que el dolor se esfumó, que el caos se tornó en calma, está saliendo una versión de mí que pensé que ya no existía. Una que se había es...

El reto del perdón

  No sé por dónde empezar bien, pero supongo que está bien si lo hago por el final, como me pasa a menudo. Estaba en busca del amor propio, después de haber experimentado todo tipo de amor, y descubrí que ese sentimiento fue el que finalmente me llenó. Pero ahora tengo un nuevo reto: el perdón. Hace unos días busqué redención en el único lugar donde el silencio de mi mente no me incomoda, donde puedo escuchar mis pensamientos sin sentirme una absoluta extraña: la iglesia. Mi paso iba a ser breve, pero algo me llevó a confesarme. Recordé las palabras de mi abuela: “Solo confiésate si estás arrepentida, si no vas a volver a pecar”. Desde que ella me dejo, nunca más quise enfrentarme a eso hasta esa tarde, luego de once largos años, lo hice, yo sola. Le conté al padre lo que me había dicho mi abuela, y él me preguntó: “¿Has venido arrepentida?” Las lágrimas comenzaron a brotar antes de que pudiera responder. Dije que sí, pero también que no. Expliqué mis motivos. Entonces me escuchó y...