Hace unos días estuve husmeando algunas cosas de mi pasado, los ojos se me llenaron de lágrimas, tenía una sensación muy fuerte de meterme a la pantalla y abrazarme, y reconfortarme, por tantas cosas que aguanté en silencio y en soledad. El no permitirme ser vulnerable me lastimó tantas veces que ver ahora a esa Aly llorando, destrozada, me duele tanto.
Recuerdo que en ese tiempo no entendía lo importante que es darnos el permiso de ser vulnerables. Pensaba que mostrar mis emociones era una debilidad. Ahora sé lo equivocada que estaba y les dejaré un consejo que leí en alguna red social que ahora no recuerdo, pero que pesó en mí: “No sana quien finge ser fuerte, sino quien se permite ser vulnerable.”
Todo esto me hace pensar en la pregunta que me hizo un amigo hace unas semanas: ¿qué consejos te han dado que te han ayudado? A lo que yo contesté: ninguno. Y no porque nunca hubieran querido, sino porque realmente nunca me permití contar o expresar cómo me sentía o lo que me dolía. Pero esto me hizo cuestionarme qué me hubiera gustado que me aconsejaran y, si tal vez pudiera volver en el tiempo y hablar con esa yo, le diría: “Sé que duele, sé que pesa, sé que cuesta, pero estás haciendo lo que puedes con lo que hasta ahora sabes. Vendrán tiempos mejores.”
Honrar el dolor propio y reconocer lo valioso que fue uno en algún momento, aunque sea en silencio, hace que dejes de satanizar tu pasado. Porque, como lo dije, uno actúa con lo que tiene y con lo que sabe en el momento.
Les dejaré un consejo por si a alguien le sirve: si tú transformas ese dolor en fuerza y mañana eres mejor que hoy, ya estás ganando en esta vida.
Comentarios
Publicar un comentario