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El reto del perdón

 No sé por dónde empezar bien, pero supongo que está bien si lo hago por el final, como me pasa a menudo. Estaba en busca del amor propio, después de haber experimentado todo tipo de amor, y descubrí que ese sentimiento fue el que finalmente me llenó. Pero ahora tengo un nuevo reto: el perdón.


Hace unos días busqué redención en el único lugar donde el silencio de mi mente no me incomoda, donde puedo escuchar mis pensamientos sin sentirme una absoluta extraña: la iglesia. Mi paso iba a ser breve, pero algo me llevó a confesarme.


Recordé las palabras de mi abuela: “Solo confiésate si estás arrepentida, si no vas a volver a pecar”. Desde que ella me dejo, nunca más quise enfrentarme a eso hasta esa tarde, luego de once largos años, lo hice, yo sola.


Le conté al padre lo que me había dicho mi abuela, y él me preguntó: “¿Has venido arrepentida?”

Las lágrimas comenzaron a brotar antes de que pudiera responder. Dije que sí, pero también que no. Expliqué mis motivos. Entonces me escuchó y me dijo: “Tienes que perdonar, perdonarte. Solo así soltarás eso tan pesado”.


Mientras lloraba, me quedé pensando: ¿qué se siente perdonar? ¿Cómo se hace? ¿Cómo sabes que realmente lo lograste? El padre me respondió: “Es olvidar”.

Y ahí me decepcioné. Tal vez nunca perdone a nadie. Tal vez nunca pueda perdonarme. 


Hubo un tiempo en que creí que los hombres eran mi musa. Pero, mientras caminaba de regreso a casa, entendí que mi musa no eran ellos, sino el dolor. Y entonces me pregunté: si algún día logro perdonarme y el dolor se va, ¿qué quedará de mi pluma?


Recuerdo. Recuerdo. Recuerdo. Eso hago con frecuencia: revivir épocas pasadas. Qué curioso es todo eso. Una vez alguien me dijo: “Eres vengativa, eres rencorosa”. Durante mucho tiempo me definí a partir de esas palabras, como si hubieran sido los barrotes de una celda fría y oscura.


Hasta que apareció alguien que, con una simple frase, me dejó salir. Y me mostró que, al final, el camino no estaba trazado por el rencor, sino por lo que yo decidiera hacer con el perdón, con el dolor y conmigo misma.


Quizás el perdón no sea olvido, como me dijeron, sino aprender a convivir con la memoria. Tal vez perdonar sea mirar atrás sin que el pasado me dicte quién soy. Y si un día el dolor deja de ser mi musa, elijo creer que no será el fin de mi pluma que tal ves será apenas el inicio de una nueva historia que aún no me atrevo a escribir.

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