En algún punto de mi vida, me descubrí descubriéndome, y fue algo catártico. Hubo un tiempo realmente largo en el que solo me interesaba una cosa: el amor romántico. No quería ni me interesaba otra cosa que no fuera esa, y eso me llevó a cometer demasiados errores, a que muchas personas se aprovecharan de mí, de esa necesidad que yo sentía por sentirme amada. Y de pronto, de alguna manera u otra, la última ola que me hundió me sacudió totalmente.
Muchas veces había escuchado la frase: “Tú decides si el dolor te destruye o te construye”, y yo estaba destruida, hecha trizas. Me había disfrazado de alguien que en esencia no era yo y, así como fui lastimada, también lastimé a mucha gente. Ahora, en retrospectiva, me apena mucho esa chica en la que me convirtió el dolor.
Pero luego llegó alguien que, de cierta forma, me enseñó lo que el amor es y lo que no es. Más que enseñarme, me incentivó, me empujó, me arrojó a mis propios brazos. Yo sentía que él nunca quiso mi amor, pero yo quería dárselo con todas mis fuerzas. Sin embargo, fue esa última caída la que me hizo aprender, y solo entonces entendí la siguiente parte de aquella frase: “A veces tienes que destruirte para construirte más fuerte.”
En uno de mis libros favoritos de la terapeuta Robin Norwood, ella escribió que enfrentarse al dolor es algo tan difícil, que reconocer un problema es complicado, y hablar de ello es algo que muy pocos pueden hacer porque a la mayoría le resulta más fácil evadir el dolor. Así sienten que no hay nada que solucionar y rechazan la idea de enfrentar un problema que, para ellos, no tiene solución.
Si me preguntan ahora qué fue lo más valiente que he hecho en mi vida, diré sin duda que fue enfrentarme a mí misma.
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