Hace unas horas me puse a pensar en lo difícil que es un rompimiento, las etapas de duelo que todos atravesamos. Al reflexionar sobre mi propia experiencia, me pregunté si realmente podía llamarlo una “ruptura de relación”. Y ahí fue cuando me quedé atónita, porque me di cuenta de que nunca estuve en una relación real. En realidad, estuve atrapada en un ciclo vicioso con un hombre del que, en algún momento, me enamoré profundamente. Él era mi talón de Aquiles, mi corazón, mi pasión, un amor que solo yo entendía en toda su magnitud.
Pero no lo culpo, en absoluto. De hecho, le estoy agradecida. ¿Por qué no lo culpo? Porque fui yo quien permitió que todo eso sucediera. Fui yo quien dejó que los años se deslizaran en ese vaivén interminable.
Hace poco, conversaba con alguien que me pareció bastante cuerdo y maduro, y después de un largo intercambio, me dijo: “Creo que aún no estás lista para una relación”. A lo que le respondí: “No, no lo estoy. No tengo la intención de crear ningún vínculo emocional con nadie. No tengo ganas de dar los buenos días ni de mantener una conversación constante”. Entonces, él me preguntó: “¿Eres fría?”.
Esa pregunta me rompió el corazón. No pude evitar que se me escaparan algunas lágrimas al leerla. No, no soy fría. De hecho, solía ser una de las chicas más dulces, amables, sensibles y empáticas que alguien podría conocer. Sentí una ira inexplicable en ese momento, como si el monstruo de la decepción volviera a envenenarme.
Hay algo que aún me intriga: la primera vez que me rompieron el corazón, no me sentí así, no me envenené. Entonces, ¿qué cambió esta vez? Me lo he preguntado desde que me alejé de él, y ahora sé la respuesta. La diferencia es que, esta vez, yo lo intenté. Creí con todas mis fuerzas que el amor era suficiente, pero él me enseñó que no siempre lo es. A veces, simplemente no basta. Así de simple y, a la vez, así de complicado.
Y aquí es donde todo cobra sentido para mí. Porque ahora entiendo que el amor, por sí solo, no puede sostener lo que está roto. Me enamoré de un ideal, de la posibilidad de lo que podríamos haber sido, no de lo que realmente éramos. En mi afán de mantener viva la ilusión, perdí mi capacidad de decir lo que necesitaba, lo que merecía. Y al final, eso es lo más doloroso de todo: dar tanto de ti y no saber cuando decir basta.
No soy una chica fría, sin embargo estoy protegiendo lo que queda de mí, lo que aún puedo reconstruir. Porque aunque el amor no fue suficiente esta vez, yo lo soy. Lo que tengo para ofrecer, a mí misma y al mundo, es algo mágico y valioso.
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