Hace algunas noches, mientras estaba en cama, reflexioné sobre el amor propio. No desde la teoría, sino desde la práctica. ¿Cómo se ve realmente? ¿Qué implica? ¿Qué se hace y qué no se hace? Y, sobre todo, ¿por qué tantas personas creen que amor propio es salir a comer sola o disfrutar de tu propia compañía? Pensé en aquellos tiempos en los que solía hacerlo, pero sé que entonces no tenía ni una pizca de amor propio.
Fue solo hace algunos meses que decidí ponerlo en práctica. He experimentado distintas formas de amor: el filial, el fraternal y el romántico. Y déjenme decirles, siempre he terminado decepcionada. Entiendo que el dolor es parte del proceso, que te empuja a crecer. Sin embargo, para alguien que, con solo veintisiete años, ha vivido tanto, la decepción causada por el egoísmo de otros es algo que no pienso tolerar más.
Una tarde, sentada en mi sillón, con lágrimas en los ojos, decidí que ya no permitiría más tristeza ni faltas de respeto en mi vida. Ahí comenzó mi verdadero “amor propio”. Y no fue fácil. Cada acto de decir “no más” fue doloroso, pero necesario.
La noche que le dije a mi mamá que no aguantaría más lo que me dolía, la tarde que confronté a mi papá y le aclaré que no toleraría más decepciones, la noche que dejé ir al hombre que no me elegía, y la mañana que le dije a una amiga que sus acciones me lastimaban, fueron actos de amor. No hacia los demás, sino hacia mí misma. Fue mi manera de respetar mis propios sentimientos, de honrar a esa versión de mí que estaba cansada de tanto dolor.
En esos momentos, elegí cuidarme. Elegí mi paz, mi tranquilidad, mi bienestar. Elegí ser amable conmigo misma, aún cuando el proceso dolía. Cada vez que me defendí, que puse un límite, que decidí soltar lo que no me hacía bien, estaba eligiendo mi amor propio.
Y es aquí donde quiero dejar algo claro: el amor propio no se trata únicamente de ir a comer sola o de disfrutar tu propia compañía. Aunque eso es importante, va mucho más allá. Se trata de tomar decisiones difíciles, de tener conversaciones incómodas y dolorosas, pero necesarias, para proteger tu bienestar emocional. Se trata de reconocer tu valor y de hacer espacio solo para relaciones que te nutran, no que te lastimen.
El amor propio no es una serie de acciones superficiales. Es un compromiso profundo contigo misma. Es defender tus límites y reconocer tu valía. Las conversaciones difíciles, la honestidad con lo que sientes y la valentía para dejar ir lo que ya no te sirve son los pilares en este viaje continuo. Cada paso que das hacia tu bienestar es un ladrillo en la construcción de una vida más plena, más auténtica y, sobre todo, más tuya.
Comentarios
Publicar un comentario