Ir al contenido principal

Menbung

 Hoy leí una frase que decía "la mujer en la que te estás convirtiendo te costará amigos, familia, amigos y mucho dolor pero escogela por encima de todo", entonces me cuestioné que tan cierto era y esto ya va más allá del amor.

Me pregunto hoy más que nunca a mis 26 años ¿en que momento perdí el rumbo? si es que lo perdí en realidad, es decir por ser feliz y tomar mis decisiones en base a mi criterio propio, respetando mis creencias, respetando mis ideales, respetándome ¿estoy más perdida que nunca o me he encontrado al fin?, ahora más que nunca me pregunto ¿en qué momento me interesó más la salud mental, en que momento me interesó más ser egoísta para ser feliz que lograr una sonrisa en una cara ajena que amaba, en qué momento me volví tan indiferente al dolor ajeno con tal de sentirme bien yo? ¿fue el conocer de nuevas personas, fue la cultura con la que me rodee, fueron los golpes que me dio la vida o tal vez los amores perdidos?

Mientras voy analizando todos estos factores recuerdo las amistades que he ido recuperando a través del tiempo y me voy dando cuenta que todo es un flujo de momentos, situaciones, decisiones, tiempo, espacio, todos cambiamos al fin y al cabo pero ¿como se puede saber si se cambia para bien o para mal?

Tal vez podría tener un indicio en la sonrisa que se provoca en personas ajenas a uno, o tal vez la frustración que se causa en otras, tal vez, esto es un "tal vez" a una hipótesis que me arroja mi cerebro en base a una frase que leí, ahora yo me cuestionó ¿como es que se sabe cuál es el camino correcto? Si me escojo, si uno se escoge por encima de todo, de perdidas de amores, de amistades, de familia ¿realmente lo vale? 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Samsara

Mientras pasaban los días, me preguntaba qué sentía realmente. En medio del caos, de la pena, de la confusión, comencé a necesitar entender el origen del golpe que me dio esta situación. Una tarde, en terapia, Abi me dijo: —Una no puede entenderse si antes no ve de dónde viene ese dolor, esa frustración. ¿Es mi culpa? Tal vez. Cuando tenía seis años, recuerdo a mi papá rompiéndole la boca a mi hermano, o pegándole con una soga. Yo, inmóvil, paralizada por el miedo, por el dolor ajeno, por los gritos de él y los míos, sin poder hacer nada. Hablar de mi hermano es otro tipo de dolor. Así como alguna vez hablé de los tipos de amor, ahora quiero hablar de los tipos de dolor que he sentido a lo largo de mi vida. A los 16, vi a mi hermano mayor, mi superhéroe, mi mejor amigo empezar a perderse en un mundo tan oscuro que ni el sol de verano podía iluminarlo. No había claridad para él. Su dolor se convirtió en el mío. El dolor de mi mamá al verlo así también se volvió parte de mi cruz. A los 2...

Cigarette daydreams

Hace pocos días, mientras hablaba con unos viejos amigos, nos pusimos a recordar     como siempre pasa en esas conversaciones largas y llenas de pausas todo lo que nos había ocurrido recientemente. Compartíamos anécdotas, desahogos, logros y frustraciones. Yo, sin darme mucha cuenta, respondía casi todo con humor. Me reía de cosas que antes me habrían molestado, comentaba desde la ligereza situaciones que en otro momento me habrían dejado pensando por días. Entonces uno de ellos me miró, sonrió y dijo: “La vieja tú ya estaría muy enojada”.  Me reí y asentí, porque tenía razón. La vieja yo se habría tomado todo demasiado en serio. Habría reaccionado, se habría encerrado en su mente, como si todo fuera muy personal, como si el mundo estuviera constantemente a punto de caerse. Y ahí me di cuenta. Algo cambió. Algo en mí, o quizás todo. Ahora que el dolor se esfumó, que el caos se tornó en calma, está saliendo una versión de mí que pensé que ya no existía. Una que se había es...

El reto del perdón

  No sé por dónde empezar bien, pero supongo que está bien si lo hago por el final, como me pasa a menudo. Estaba en busca del amor propio, después de haber experimentado todo tipo de amor, y descubrí que ese sentimiento fue el que finalmente me llenó. Pero ahora tengo un nuevo reto: el perdón. Hace unos días busqué redención en el único lugar donde el silencio de mi mente no me incomoda, donde puedo escuchar mis pensamientos sin sentirme una absoluta extraña: la iglesia. Mi paso iba a ser breve, pero algo me llevó a confesarme. Recordé las palabras de mi abuela: “Solo confiésate si estás arrepentida, si no vas a volver a pecar”. Desde que ella me dejo, nunca más quise enfrentarme a eso hasta esa tarde, luego de once largos años, lo hice, yo sola. Le conté al padre lo que me había dicho mi abuela, y él me preguntó: “¿Has venido arrepentida?” Las lágrimas comenzaron a brotar antes de que pudiera responder. Dije que sí, pero también que no. Expliqué mis motivos. Entonces me escuchó y...